Avalancha de emociones

Diez  virtuosos acróbatas cuelgan, atraviesan o escapan de enormes estructuras de hierro que se apoderan del escenario rodando a su propio ritmo. El metal se convierte en montaña, en jaula, o instrumento de percusión, y entre luces, música en vivo, y videos, las avalanchas naturales y humanas copan la escena.

Sorprender, emocionar y divertir… Esa es la clave de “Avalancha”, un espectáculo de Gerardo Hochman creado especialmente para el Espacio Joven de Tecnópolis.

Hochman, director de la compañía La Arena y creador de la obra, la describe: “Es un show donde la misma plástica de los cuerpos se funde con el vídeo, la música y alguna imagen poética que permite que el público pueda volar.  La acrobacia está utilizada como un lenguaje para trasmitir emociones. No queremos que sólo se admire la habilidad de los acróbatas, también buscamos que esa habilidad comunique algo”.

Fotos: Mariano Sanda/Tecnópolis.

 

Las estructuras, varios conos ergonométricos que miden dos metros y medio de altura y pesan ochenta kilos, habilitan el juego acrobático. Los protagonistas actúan frente a los caprichos de estas figuras de hierro que se mueven de manera inesperada. “Está todo coreografiado, pero muchas veces cambiamos en pos de lo que hace el aparato, hay momentos en que viene rodando y  tenemos que corrernos. Por eso, aunque  tengamos marcas pautadas, la improvisación está admitida. La música en vivo nos ayuda a relajarnos, pues nos posibilita alargar la escena de ser necesario”, argumenta Pablo Morizio, uno de los artistas.

Tango, candombe y carnavalito: la música parte de una base de ritmos locales ejectuda por tres músicos que tocan diferentes instrumentos. Sebastián Verea, intérprete y director musical de la banda, cuenta que la música se pensó en función del movimiento: “Compusimos junto con los acróbatas. Mientras ensayaban y armaban las coreografías, nosotros creamos la música, siguiendo las indicaciones del director”.

Fotos: Mariano Sanda/Tecnopolis.

Todo, absolutamente todo lo que pasa en “Avalancha”, pendula entre la precisión de Hochman y la libertad de sus artistas circenses. Sólo un punto escapa a las indicaciones del director: la emoción del público.